
Aquel individuo palidecía en un habitáculo que desprendía el hedor de una personalidad agorafóbica y solitaria. Una concentración de aromas a café rancio, caramelos para la garganta y una privacidad de brisas de resaca de tres días que hacia que la habitación adoptase el mismo tono violáceo de sus ojeras. Se había creado una atmósfera que sólo el podía soportar, hasta que se dormía sobre el cuaderno con los cascos puestos y la música sonando, si no se mantenía en vela hasta el alba habiendo perdido totalmente la noción del tiempo hundido en las páginas de un libro.


